Finalmente voy a entrar en un tema vital en la vida del alumno, que es la “vocación”, algo que muchos de nuestros jóvenes no se plantean, y que es de suma importancia para que logre la plenificación personal, veamos valiéndonos del capítulo II “LA MEDIACIÓN DEL OTRO” del ensayo filosófico de Hector Mandrioni, titulado “la Vocación del Hombre”, la importancia que tienen los docentes, y cualquier adultos, a la hora de que los alumnos disciernan su vocación. Como ha dicho el mismo Mandrioni en el prólogo de la primera edición de su libro, Estas reflexiones quieren ser un pequeño aporte, a todos aquellos que se hallan empeñados en promover la interioridad en el hombre actual. Un aporte a todos aquellos educadores que luchan para que no se imponga tiránicamente al hombre su meta vital, sino que pretenden educarlo para que desde sí, en libertad, asuma su vida en la forma de un” ideal”.
Ahora bien, rescatemos algunas reflexiones de Mandrioni:
El alumno como persona que es, no le ha sido dado de ante mano todo su potencial desarrollado, sino que obra en el vasto horizonte de las posibilidades ilimitadas. La realidad que lo circunda se le manifiesta como “novedad”, “imprevistos”, “opciones”, o sea, como configuraciones originadas en la comprensión del mundo y las personas.[1]En consecuencia cualquier opción que tome adquiere una posibilidad de riesgo de fracaso. Además se ve ante el mundo con un cierto “desamparo”, no se siente cuidado por su entorno. [2]
Sin embargo la realidad nos muestra otra cosa, el hombre es un ser en relación, ese amparo no le está dado por su entorno natural, o por una naturaleza instintiva, sino que ese auxilio, esa ayuda, le está dado por un “tú”, que es su prójimo, el que tengo al lado quién le proporcionará su ayuda. A diferencia de otros pensadores, como es el caso Leibniz, nosotros no vemos al hombre como una mónada cerrada, por el contrario, el hombre es un ser vinculado, y solamente por este camino “llegará a su perfeccionamiento”.[3]
En el plano del conocimiento también podemos vislumbrar que necesitamos la mediación del otro, por lo contrario no podríamos sin los demás crecer en sabiduría, adquirir conocimientos que vayan desplegando las potencialidades del espíritu humano. Además para que la persona pueda llegar a conocerse a sí misma, es necesario que perciba a un objeto distinto de sí misma “El “otro” se convierte en el mediador por el que el espíritu puede volver sobre sí, a fin de coincidir consigo mismo en el acto de la “reflexión perfecta.”[4]
Cada realidad que entra en contacto con la persona, ésta la percibe como “signo” o “palabra”, cada cosa es portadora de un mensaje que la persona, pero solo ese mensaje será escuchado por aquella persona que esté en una actitud de vigilancia y atenta, si vive distraído y no se deja interpelar por la palabra que le quiere transmitir cada circunstancia, cada suceso o cada cosa no podrá aprovechar lo que lo “otro” le quiere aportar para su propia plenificación personal. Todo este ida y vuelta, este intercambio entre el yo personal y “el otro o lo otro”, debe ir acompañado también de “una actitud interior de entrega, confianza, veneración y expectación.”[5]
Así la vocación se irá realizando mientras que este yo germinal, que es la persona, absorba en sí todo el material que le puede aportar la experiencia del contacto con la realidad.
Hay un tema muy importante, en lo concerniente a la mediación del otro en mi realización a través de la vocación personal, que es el tema del “modelo”, en primer lugar podemos señalar que el primer modelo que recibimos es cuando somos niños, que es la “díada”, “padre-madre”, es sin dudas el modelo que nos grava a fuego. “¡cuántos rasgos de la vida humana adulta no siguen hablando aún el lenguaje arcaico de las primeras vinculaciones con el padre y con la madre!”.[6]
En segundo lugar, están aquellas personas que a lo largo de nuestra historia personal han influido, han sido referentes para nuestra ir formando nuestra propia vocación. Esto nos llama a “tomar conciencia de esta responsabilidad para con los demás, la responsabilidad de experimentarse, consciente o inconscientemente, el llamado a ser un elemento mediador para el porvenir del otro. Tenemos que tomar distancia respecto del yo mezquino y egoísta.”[7] Es de suma importancia que nos demos cuenta que tenemos la responsabilidad de ser modelo para el otro, a éste no le es indiferente si uno vive o no “los valores superiores”[8], nuestro ejemplo es “una acción directa, eficaz y orientadora.[9]


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